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Claustrofobia, el miedo a estar encerrado

Claustrofobia, el miedo a estar encerrado

Todos conocemos aunque sea “de oídas” la claustrofobia, ese temor intenso a encontrarse en lugares cerrados y a las consecuencias que pasan por la mente de quienes se encuentran en esas situaciones.

Esta fobia es común en países desarrollados y los casos se han incrementado en los últimos años. Pero no todos conocen sus síntomas o causas.

Sintomatología
Los síntomas de la claustrofobia son diversos y se asemejan a los de otras fobias. Lo habitual es una activación fisiológica relacionada con la ansiedad que provoca respuestas físicas como mareos, temblor, sudoración, dificultades para respirar, incremento de las pulsaciones o sensación de opresión en el pecho.

También provoca conductas de evitación, de manera que la persona que la padece intenta por todos los medios no subir en ascensores (siendo capaz de subir caminando 15 pisos si es necesario), no entrar en habitaciones sin ventanas o no viajar en Metro.

De la misma manera, cuando no tienen otro remedio tratan de buscar sensación de seguridad, evitando subir sola en el ascensor o tratando de ubicarse lo más cerca posible de la puerta en cualquier habitación en la que entre.

Como hemos comentado, los casos de claustrofobia han aumentado y se estima que el 6% de la población la padece en mayor o menor medida. Esto hace que, a medida que pasa el tiempo, la generalización del miedo a los espacios que se temen al principio se extiende a otros contextos.

Origen de esta fobia
La mayor parte de los casos de claustrofobia surge por un episodio traumático del pasado. Hasta hace un tiempo, se consideraba que estas experiencias de carácter negativo sólo tenían relevancia si se habían sufrido durante la infancia de la persona, pero se ha podido comprobar que el detonante se puede dar en cualquier momento de la vida de una persona, como por ejemplo quedándose encerrado durante horas en un ascensor siendo ya adulta.

También puede padecerse claustrofobia sin haber vivido personalmente estas experiencias negativas, sino por aprendizaje o imitación (tener personas claustrofóbicas en el entorno cercano), por factores genéticos, por experiencias que ha sufrido alguna persona allegada o incluso por características fisiológicas relacionadas con las amígdalas.